El niño que de la bala se salvó
Poema en homenaje a la vida del padre José Marx svd
Era rubio de ojos celestes,
Hna. Berta Schrameier
en tiempo de guerra cuando el odio reinó,
acurrucado, temeroso, tembloroso
entre los soldados se encontró.
Por su mente inocente ¿qué pasó?
Al escuchar esa vos que indicaba: éste sí… éste no…
separaban los soldados listos para ejecutar.
Asustado, con ojos grandes aún más se acurrucó al escuchar:
¡este niño puede ser!
Fue elegido y amenazado a punta del fusil,
pero, nadie sabía que desde las entrañas de su madre
Dios lo eligió para ser su consagrado.
En el tenso momento grita una mujer:
¿Cuánto vale ese niño?
Y el soldado sorprendido respondió:
“¡su bota, su bota puede ser!”
Pasaron los años, la guerra terminó
y el niño que Dios eligió
en gotas de lluvia fértil se convirtió.
Sacerdote de Dios elegido,
por senderos y campos caminó
llevando consuelo a enfermos, ancianos y niños.
En sus andanzas nunca separó blanco, negro ni indios
En todos sabiduría sembró y el Evangelio anunció.
El niño de ojos celestes
que sólo un par de botas valió
venció muchos obstáculos con la gracia de Dios
que hasta el océano cruzó.
Vino a América
para anunciar la Palabra de Dios
por caminos terrados y polvorientos
ciudades, picadas, senderos, selva
y cuántas veces al río Paraná desafió.
Tanta fue su humildad
que hasta el trabajo de pasera probó,
llevando el trabajo del hombre sufrido,
artesano y del agricultor.
Nada ni nadie podía sujetar
a este hombre que Dios eligió.
La fuerza que tenía era servir al hermano,
buenos o no tan buenos
y en todos el amor de Dios sembró.
En su mesa se sentaron ricos y pobres,
nunca separó y con todos el pan compartió.
Para servir a Cristo,
la sandalia que tenía hasta la última suela gastó.
Se vestía de regalos
nunca una camisa compró.
Vestía al joven, al niño y al anciano
y al enfermo sobre un buen colchón acomodó.
En su andar siempre procuraba
para el hermano lo mejor.
Dios no se equivocó
al elegir a este niño,
que a los ojos del hombre
sólo un par de botas valió.
Niño de ojos celestes
¡Cuánto tu vida valió!
Usaste todos los dones
que Dios te regaló.
Hoy queda el recuerdo
del sacerdote que entre nosotros pasó.
Hombre, manso y humilde
que el Evangelio entendió:
dar al enfermo consuelo,
al hambriento un pedazo de pan,
vestir al desnudo,
visitar al preso,
son los mandatos del Señor,
y sobre todas las cosas está el amor.
Niño de ojos celestes
que sólo un par de botas valió.
Una mañana de cielo celeste
Iluminado por el sol Dios lo llamó.
Nació a la vida nueva como la aurora antes del sol.
Misionera Siervas del Espíritu Santo
22/06/2010
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